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Morir como hija, nacer como mi propia madre

Para sanar la relación con mi madre, tuve que irme lejos, muy lejos en mí.
Tuve que inventarme la valentía y alejarme de todas las formas de hacer que conocía. De todas las maneras de relacionarme que solía utilizar… Y eso costó mucho. Por el camino lloré, sentí rabia, llamé a mamá como niña pequeña por las noches, no entendía, no quería, no sabía qué estaba haciendo… ¿Por qué era tan difícil?

 Me di cuenta de todas las veces que yo misma me había creído “mala hija”, reflexioné sobre qué era realmente ser hija o ser madre. ¿Qué quiero de mamá? ¿Qué necesito de ella? ¿Por qué me duele tanto sus palabras? ¿Por qué a mi edad me sigue doliendo sus opiniones, miradas, su no hace?


Empecé a observar con detenimiento y consciencia todos esos programas mentales que actuaban siendo patrones tóxicos para mí misma en mi día a día: por ejemplo, creerme esas opiniones de mí misma que escuchaba de niña, sentirme inútil o poca cosa en el mundo adulto, reconocer mi falta de autoestima y autoconfianza, mis límites… Y en una de esas, sin darme cuenta, escuché por primera vez a mi niña interior y lloré muchísimo. Ella… Tan sola. Tan olvidada. Tan oculta en mis profundidades…  tan yo.

¿Mi niña interior? Dirás. Sí. Ésa parte nuestra primaria, que representa ese ser vulnerable e inocente que todas somos. Y que aunque no lo creas, todavía sigue en nosotras ya de adultas, pues ella fue la que vivió las primeras impresiones de la vida, la que fue educada en un contexto, en unas circunstancias, etc, la que aprendió de lo que vio en casa, incluso antes, captó y se nutrió de las impresiones, los haceres y las emociones de mamá en la vida intrauterina.

Lee más aquí sobre la niña interior: https://www.instagram.com/p/CEGv2mCKCPP/

Con estas reflexiones, este profundo trabajo interno y ese comienzo de contacto con mi niña interior, comprendí que todo lo que había recorrido en ese alejarme de mamá, poner distancias en mi corazón y hasta una ciudad distinta ante mis ojos, no servía para nada. De nada valía simplemente no cogerle el teléfono, hacer como si nada, “vivir mi vida” sin ella. De nada esas excusas que me ponía, ese desorden y dolor no colocado, esas necesidades sin tejer…Porque a pesar de hacerlo, todo seguía en mi. Ella estaba en mí. Mi madre vive en mí. Y dolía. Me dolía mucho, joder.

¿Y sabes qué era lo que reconocí dolía tanto? El que seguía esperando de afuera la salvación, el amorcito, la protección, la palabra bonita, la dulzura, la atención, el cuidado y ese abrazo pal alma… Seguía poniendo el centro de mi vida fuera, y no valía, claro. Eso dolía mucho. Eso jode la vida y te hace vivirte a medias, esperando.

Así que arremangué mis mangas, me sacudí de los fantasmas y probé a bajar mucho más abajo, como Perséfone, a las oscuridades más abruptas. Sin tiempos. A mi ritmo, sin saber muy bien qué me encontraría ahí, qué era eso que quería ver de mi pero me llamaba a gritos… Con ayuda, eso sí, porque se hace más fácil. Dejándome sostener, sintiéndome acompañada para desnudar nudos y tomar aliento. Cuidarme rico, consciente, pidiendo ayuda a mi terapeuta y confiando de veras en mi, en mi poder, en mi decisión: haciéndome por primera vez cargo de mi misma, de mi dolor, de mis sombras, de mis heridas como niña y mujer. Sabiéndome merecedora de un amor absoluto, brutalmente salvaje y poderoso: el mi para mi.

No fue nada fácil, ¿sabes?

Tiré diques, corazas. Arranqué hierbas carnívoras de mi huerto interior. Dinamité mi mente en puntos que ni siquiera conocía. Trabajé la abundancia, el amor propio, el merecimiento, la autoestima, la sabiduría personal, las expectativas, los arquetipos y el gozo… Diosa, el gozo lo conocí experimentando el poder que daba conocerme. Aprendiendo que alegría, autocuidado y placer van unidos.

Aprendí que la vida es un lugar seguro, amoroso y lleno de infinitas posibilidades para exprimir.

Ahora sé que, en toda esa quimera, fui hacia mi propia muerte, con todo lo que eso conlleva. Y que allí, delante de todos esos dragones, fantasmas y calaveras… Delante de todas esas yo que con resistencia e infinitas armas, combatían con mi nuevo SER que iba ganando terreno,  maté a la hija. Maté a la madre. Me maté a mí misma, también… Y me “duelé”. Sí, así de extraño… Ya sé, parece todo muy simbólico, muy loco, muy lejano quizás para ti y lo que estés transitando… Pero “yo me duelé”, hice un duelo para mi, en un proceso de muerte y vida muy conectado. Morían muchas yo y muchos procesos al mismo tiempo… Y renacía y nacían partes de mi, nuevas formas, nuevas maneras de ser y hacer, ¡de vivir!

Hice un ritual de duelo y anduve días llorando mareas, rompiendo en jirones las expectativas que se espera de una madre, las de “hija perfecta”, las de “honrarás a tu padre y a tu madre por encima de todas las cosas” que tenemos tan en las venas en el inconsciente colectivo. Y dije “NO” y “BASTA” desde las tripas, desde la voz, desde las manos y sobre todo, desde el corazón. Y también dije “SÍ” y “ ESTO QUIERO” cuando quise. Cuando pude.

En las tripas encontré el impulso de ver qué es lo que realmente me dolía, esperaba y quería de mi madre. Ahí supe que mi madre, Rosa (me llamo como ella), la física, la de carne y hueso, también se sentía abandonada emocionalmente por su madre (mi abuela Mikaela). Ahondando ahí, en mi vísceras, recordé y miré con mucho tacto y cuidado fotos antiguas, mi pasado, mi niñez… Wow, mi cabeza viendo esas imágenes sentía otra cosa, traía otro sentir a mi presente. ¿Qué estaba pasando? ¿Mis tripas dicen una cosa… y mi cabeza, mis recuerdos, mis imágenes vividas, otras? ¿Cuál miente? ¿Alguna está equivocada?
Observé. Hablé. Medité. Trabajé, trabajé, trabajé… Y finalmente, mi cuerpo habló con las tripas calmas. Mostró. El útero y sus memorias también apareció por ahí, en ese trabajo tan bello e importante en mi empoderamiento…

La voz la usé para comunicarme desde mi posición de mujer, hacia esa mujer que es mi madre y hablar de tú a tú, sin roles. Preguntando. Conociendo su realidad, yendo más allá de lo que yo era o sentía era. Siendo mujeres sin más, sin ser hija, ni madre: comprendiendo que ella tiene una historia de hija también, un dolor, unas expectativas, anhelos, sueños…¡Una vida!  Una vida sin mí (como yo sin ella), que también puede elegir.

Y sentí que ahora mi voz era otra. Mis palabras, mis reproches, mi tono había cambiado con ella… Pero sobretodo conmigo. Me sentía más calma, certeza en la comunicación adentro, más conectada realmente con eso que sentía y quería expresar. Con eso que era/soy y muestro al mundo y a Ella. Sentí que daba voz a muchas más allá de mi, de este cuerpo finito y esta historia corta que es mi vida… Eran muchas las de mi árbol que hablan de dolor. Muchas mujeres con sus voces a través de mi voz, expresaban el dolor profundo de ser hijas y madres en un sistema patriarcal violento, que escupe sobre nuestros vientres programas mentales, estereotipos y visiones-sentires sobre la maternidad:
-La madre que se embaraza por paloma y no por placer, tras un acto de poder y sexualidad sagrada
-La madre abnegada, “todo para ellas, nada para ti” (la medallita que mi madre tiene colgada en su cuello…). La madre siempre disponible, siendo madre no más. No mujer. No trabajadora que emprende su labor, su deseo profesional, su vida más allá de los cuidados.
-La madre-objeto. La madre cuidadora. La madre frega-platos. La madre que no desea, ni opina, siempre hace, poco dice y si dice… La maternidad sin cuerpo completo, sin placer, sin amor propio, solo hacia fuera.

Pero la maternidad para mi (ahora lo vivo más en mis carnes porque soy madre),  es la abundancia sexual. El poder creador en todo el ser que eres, día a día. Como una activación continua que fluye a través de ti, para poder sostener, nutrir y crear, con un centro habitado, con un cuerpo habitado y un sentido propio (que también se comparte con el mundo, con tus hijes, con la vida de afuera…)


Las manos las usé para soltar esa relación tóxica y ese lugar de víctima, niña dolida, y hacerme cargo de MI MISMA. Siendo mi propia madre y entendiendo que mamá es importante en mi camino, lo fue y lo será. Y ahí me habité madre por primera vez. Madre y dueña de mi. Capaz de darme lo que necesito SIEMPRE.  Capaz de conseguir calmar el dolor con un “sana, sana, mis manos te sanan, que se abra al corazón y la medicina se haga” (la cancioncilla que le canto a mi hijo, modificada de “sana, sana, culito de rana, sino se cura hoy, se curará mañana”.

Y el corazón fue el que marcó el ritmo. El que me habló en todo momento del mimo, dulzura y cuido que quería para esta nueva yo.  Fue él el que me dijo cuándo estaba preparada de verdad para ver a mi madre de nuevo. El que trajo la pausa, la paz, la asertividad y el encuentro con mi niña interior y con mi propia madre interna; y me recordó, que para sanar la relación con mamá, antes tengo que volver a mí y hacerme cargo, levantar el fuego, cuidar de la niña que soy, habitar a la madre interna que se cuida a si misma…. Y después, si quiero, hacerme cargo de mi parte en la relación con mamá, aceptando que ella es finita, vulnerable y también está deshabitada de su propia madre interior… Comprendí que la relación con mama no sólo afectó o afecta esta relación, sino que ella es modelo de conducta en mí para otras relaciones en mi vida, e incluso, más allá, para la memoria viva que quiero crear para mis hijas.

Así, para sanar la relación con mamá, primero tengo que aceptar a mi madre tal cual es, deshacer/comprender/y o desmenuzar el concepto de la maternidad y sobretodo, volver a casa, a mí, como mi propia madre interna y su amor incondicional, el único, el más poderoso: el amor propio.

Con Amor,
Rosa Bellido
La Tribu Lunera

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