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Mi cuerpo

Mi cuerpo es sagrado.
Estoy conectado a él. No, espera… SOY él también.
Y él es YO. No hay otro cuerpo igual, otro ser igual. Es sagrado, con su lenguaje y su belleza.

Mis curvas y sus líneas forman parte de ese cobijo mágico para mi ser.
Soy energía y alma… y también cicatrices y piel.
Mis huesos son anchos, como decía mi abuela. Son fuertes y sostienen la parte física que soy.

Antes no recordaba eso…. Antes, no sabía recordar.

Cuando adolescente, cuando aún no sabía ser del todo desde el cuerpo y solo creía que era algo fuera de mi. Algo que podía odiarse por muchas razones, por ejemplo: tener tantos pechos o ésa nariz aguileña…
Cuando no conocía su fuerza, ni registraba su cenestesia, ni gestionaba o saborea la energía que él desprende…
Cuando no sabía de su profunda sabiduría, ni reconocía su entrega y  lo maltrataba o lo obviaba como si fuera algo externo que obviar, como si pudiera separarlo de la salud de mi ser o de lo que soy… O cuando me parecía que las pautas que marcaban eran limitaciones…
No lo veía como lo que es: templo, cobijo, cueva.
La FORMA de andar en este mundo. El vehículo. La parte más externa de lo que soy.
El puente más cercano que tomar  cuando quiero manifestar a otro Ser, cuánto le amo/aprecio/quiero…
El templo de la vida.

¿Cómo no voy a amarlo? ¿Cómo no amar a esto finito que también soy?

A esto que tanto bueno me ha dado… Estos dedos, ésta boca, mis ojos mágicos, éstas piernas, éste corazón, este compartir…

Pero en realidad estoy mintienfo si digo que esa conexión tan profunda no la viví muchas veces atrás. En cada giro mientras danzaba, en cada carcajada y ése impulso corporal, en cada abrazo… En mi soledad y esas ricos orgasmos. En aquel respirar profundo tras escalar una montaña… En todas esas digestiones a panzas llenas y no solo de comida…
Mi cuerpo que amó el deporte y sudó placer.
Que se ha expresado siempre con bravura, con dulzura, con belleza. Cual gacela, hormiga, delfín… Como un águila seductora o una loba que aúlla….
Aquel que enfermó cada vez que no le escuché, que tiritó de frío sintiéndose vivo y otras, muriéndose por dentro de dolor, soledad, angustia, miedo, rabia… Que se erizó en cada caricia, con cada árbol, con cada estrella, con cada risa amiga, con el amor….

Y aun así, hay formas distintas de entenderle.
De saberme cuerpo y conectar con él a través de todos estos años… De tanta atención consciente. De tanto autocuidado. De tanta contradicción también y falta de bajar el ritmo.

Y es que también, entendí que a través de él conecto de una forma muy especial con lo que SOY: si, cuerpo, algo finito que se apagará alguna vez, que volverá a ser parte de la Madre
Por ejemplo, cuando mi cuerpo murió un poco para nacerse. Si… ¡Tan poderoso! Cuando me abrí por dentro, siendo canal, y renací, trayéndome de nuevo, aunque siendo otra yo y otro cuerpo. Cuando ví como mi hijo con su cuerpo suave, también sabía y recordaba, tan ligado a La Fuente, tan conectado y cerquita de si, en su nacimiento, cooperando, llegando a la vida.
O cuando estuve en el hospital, convulsionada, fuera de mi, sabiendo que ese sería el principio de una nueva vida para él (mi cuerpo) y mi Ser.

No podría hablar ahora, con mis 28 años y sus 3 meses, de otro cuerpo que no Soy.
Éste, que sabe a leche y a vida. Que es capaz. Que es refugio y hoguera y agua y también fuego. Éste con todas las curvas de caderas anchas y montañas gigantescas en las tetas, que sostiene estas “curvas apasionadas” más mentales…
Éste que es tierra y sangre… Sangre bien roja y caliente. Sangre cíclica, medicinal, que me trae anclaje y presente, y también memoria y alquimia ancestral.

Éste que es puro amor y enseña. Que es medicina y salud.
Que está vivo, lleno de imperfecciones, pero deliciosamente bello y perfecto.

Mi cuerpo y su conexión, ¿qué decir?

Es eso, conexión profunda:  pues es él el que conecta los mundos: el de allá arriba, el de la mente; el de acá hondo, el de las emociones; y el de la cueva, el más profundo, más allá de lo nombrable, el espiritual.
Y él, templo sagrado lleno de recodos y pliegues, llenas de cicatrices y luces, tan bellas e inigualables perfecciones, es el puente físico, palpable, real, visible, que me une a la vida, que huele, toca, escucha, late y reacciona…
Que se entrega totalmente abierto a todo cuanto le vibra.

Que siempre sabe vivir. Siempre.
Que amo.
Que soy.
Y que dice.

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Ilustración de La Ché

Ama a tu cuerpo, lunera. Quiérelo porque es el templo de la Diosa que eres.
Con Amor,

 

Rosa Bellido

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