dragoncito, Sin categoría

Hace un año que nació y renací

Si cierro los ojos puedo registrar en  mi cuerpo una a una todas las sensaciones….
Si cierro los ojos escucho el ukelele y viene la penumbra en la que estaba la casa. Todo lo llena… Aquella oscuridad. Era la cueva, estaba dentro de ella y mi cuerpo se abría, sin yo saberlo.
Me levanté de la cama, necesitaba caminar, me temblaban las piernas. Empecé a andar por la casa, a oscuras, sosteniéndome la barriga porque tenía la sensación de que se iba hacia abajo. Andaba dolorida, casi sin respiración. Con un montón de nudos en la cabeza. Y más dolía, a cada paso. Me paré frente a la chimenea, y como si me agrandara como una giganta, recuerdo soplar fuerte por el tubo (que no era más que el palo de una fregona vieja) para prenderla más. Para llenar la cueva de calor, que era lo que me pedían mis huesos. Recuerdo sentirme mejor mirando el fuego, sentada en mi preciosa butaca, acariciando mi barriga… Me estaba despidiendo. Estaba hablando con mi bebé, mientras allá fuera la luna menguaba. Mientras el fuego cantaba…
Supe que mi bebé venía al mundo cuando mi vagina se llenó de una marea viscosa y me pidió ir al baño. Ahí fue cuando el dolor volvió porque pasaron muchas imágenes en mi cabeza y yo temblaba mezcla de frío, dolor y miedo. Desperté a mi amor, Mario, bestia parda de hombre. Llevaba poco dormido y estaba cansado, pero no dudó en sacar la sonrisa nerviosa y ponerse a vaciar litro a litro la piscina llena de agua y de flores.
Yo mientras hablaba con Rocío, mi matrona. Mi hermana del alma, mi hermana urdimbre, mi amiga. Mujer de poder y fuerza, guardiana del amor y de la vida. Ella me confirmo, escuchándome respirar, que efectivamente, estaba en trabajo de parto. ¡No me lo creía! Le pedí esperar, a ver si era pasajero… Pero era el momento y todo se puso en marcha. Mientras yo paseaba por la casa, cantaba mantras y bailaba, Mario terminaba de vaciar la piscina y Rocío se ponía en camino a nuestra casita en el campo. Yo me paraba cada ratito en cualquier lado para respirar. E iba encendiendo todas las velas que iba encontrado. ¡Por todas partes! La cueva se iluminaba y algo dentro de mí reconocía ésa luz mágica…

Mecía mi cuerpo. Trataba de mandarle amor a mi bebé que imaginaba nervioso y asustado por el arduo trabajo que nos esperaba.  Invocaba a mis abuelas, tarareando canciones de todas las melodías sagradas que había escuchado durante mi embarazo. Miraba mi casa, reconocía todos los lugares donde había puesto una señal especial para ése momento, los buscaba, para darme fuerza, para regocijarme. A ratos no podía más y otras en cambio, necesitaba terminar de ordenar y organizar vete tú a saber qué cosa. Quise meterme en el agua caliente, me dolía, pero aún no estaba llena, así que me metí en la ducha. Por ese entonces ya andaba desnuda por la casa con una manta, y recuerdo tirarla al suelo y verme en el espejo, con ésas luces blancas, tan pálida, con aquellos ojos fuego y ésa mirada… Ésa mirada como algunas veces en todos estos años de vida, donde me sé animal de poder, y apenas si me reconozco en ésa piel humana que me limita. Recuerdo mirar mi barriga y verla muy baja, acariciarla por última vez siendo consciente, como todos los días, en ése ratito tan especial, de cantarle a mi bebé bajo el agua… “Canto al amor, me da mucha alegría… canto al amor que está en mi corazón…”
Cada vez eran más fuertes las contracciones… Tuve que pedir ayuda para salir y pararme frente al mueble de la habitación donde habíamos preparado todo, para abrir las piernas y mover las caderas. Ya no podía más, quería empezar a empujar… Como si el tiempo se parara estuve deambulando, moviéndome como podía, buscando abrazos… Hasta que en uno de ése buscar, llegó Rocío y puso sus manos sanadoras sobre mi espalda. Le pedí que me explorara, que me dijera si todo iba bien. Sentía que mi cabeza se me iba, que empezaba a sentirme lejos de todo aquello que me rodeaba: incienso, velas, música, el gran altar, las banderitas con afirmaciones, los amuletos… Me sentía navegando entre mundos ya.
Me ayudaron a meterme en el agua y ahí sentí que ya me iba. Que aquella entrada era una puerta a otro mundo, al submundo, donde todo es tinieblas. Mi cuerpo crujía, se tensaba y relajaba sin que yo pudiera controlarlo. Pero el agua era un bálsamo… Un mar de caricias.
Cambió los dolores, eran distintos. Me sentía más capaz en ésos momentos de descanso. Nadaba, parecía, en océanos entre tiempos. Y me dejaba ir, nunca me resistí, me marché.

Ahora que lo estoy evocando, tras un año, registro aquellas emociones en mi piel todavía. Como si el tiempo se hubiera parado. Las imágenes no tienen orden, están sueltas, y son concretas pero no enteras… Recuerdo el agua. Es la imagen de mi parto. Ésa imagen.
El agua ardiendo. Las sombras de las velas danzando en su superficie, mis manos a través de ella, mis rodillas clavadas en el suelo, las ondas… Mis movimientos. Era una ballena en un océano de ondas de colores brillantes que se movían hacia arriba como en espiral. Mi cuerpo no tenía límites, tocaba toda la piscina. No era piel… No eran huesos y aun así, los sentía, los veía abrirse. Mi cabeza seguía yéndose y tras cada pujo, la colaba en una toalla que Mario o Rocío colocó para que estuviera más cómoda. Recuerdo el olor a flores… Recuerdo romero, ver una ventana de madera verde y unas montañas. Recuerdo mi nacimiento, no el de esta vida de ahora, sino de otra vida y otro tiempo. Cantaba, murmuraba cosas. Veía puertas… Y las espirales danzando en el agua. De vez en cuando venía la cordura y preguntaba si todo iba bien, si iba avanzando. Rocío siempre se mantuvo al margen, respetuosa, amorosa, atenta y cálida. Siempre me exploraba cuando se lo pedía, buscando la forma, en cualquier postura que estuviera. Recuerdo sus manos en el agua, y yo reírme nerviosa. Mirar a Mario, nervioso también, pegado a la piscina. Y a mi gata, gordita Shakti, con sus manitas encima del borde de la piscina viendo lo que sucedía. Siempre atenta, durante todo el parto.
Pasaron horas, nunca supe cuántas. El fuego recorriendo mi espalda, las ganas insoportables de empujar, el llanto. Seguía navegando y sentí que no avanzaba. El agua estaba poniéndose fría y mi cuerpo temblaba. No había más espacio para echar agua porque la piscina estaba muy por encima de su límite. Así que Mario empezó a llenar ollas y ollas y más ollas, una a una, llevarlas a la cocina y calentarlas. El guardián de la cueva también hacía su trabajo de parto, también respiraba cansado y ponía atención a las aguas…. Cuando traía una, ya había otra en el fuego. Y otra…
Recuerdo el agua caliente cayendo por mi espalda… Recuerdo sus palabras de amor “ya voy, cariño, ya voy” y yo pedirle que esperara para ir con la contracción y sentir el agua cayendo sobre mi cuando empujaba. Era fuerza. No solo el agua, él era fuerza… Me sentía llena de amor, bendecida, acompañada. Mis abuelas, la luna, mis hermanas, mi hijo valiente, el sol naciendo. Nunca me había sentido tan capaz, sin miedo. Confiaba…
Hablaba con él, ya agotada, y le pedía “con el sol mi amor, con el sol”…Y fue pasando…
Siento el peso del aire, mis pulmones doloridos, las ganas de vomitar… La pared ayuda a agarrarme porque por momentos, me siento en un abismo que me traga y no avanzo…. “No puedo, no puedo”, ya va llegando la hora y mi cuerpo está muy cansado…
Necesité cambiar de postura, se acercaba la última fase. Necesitaba agarrarme al árbol de la vida que tenía delante de mi, que veia en la pared con su tronco brillante enraizado en la tierra. Me puse de rodillas y pujé. Mi bebé ya casi salía… Su cabecita empujaba mi vagina y pude tocarlo y sentir sus pelitos. ¡Los pelitos de mi cachorro que aún no sabía si era niño o niña! Diosa mía, todo eso estaba pasando, lo estábamos logrando, venía la vida…

Y en un ir y venir de ollas, mientras Mario apuraba los segundos para que se calentara el agua, Rocío gritó “Mario ven, corre, que está saliendo”, y ahí me creía a punto de estallar, y ya no había dolor, el dolor se había ido. La coronación ya estaba y yo era parte de la tierra, como un árbol milenario capaz de todo. Grité una vez más, con mi garganta ya dolorida, y empujé muy fuerte desgarrándome. Segundos después escuché la voz emocionada de Mario casi en un murmullo “cariño, ya sale… ay su cabecita…tiene los ojos abiertos! Le salen flores de la boca”. Y esa frase fue como si de pronto, emprendiera mi viaje de vuelta,  muy suave, a través de los miles de kilómetros que anduve navegando… Y todo fue luz, con su media cabecita fuera. Y un poquito más, su hombro… Y luego su cuerpo que salió de mí, de mis entrañas cálidas y mi cuerpo de loba, entre flores de colores hermosos. Mario lo sostuvo en el segundo en el que tardé en darme la vuelta y cogerlo. Lo agarré tan fuerte en mi pecho y lo sostuve allí congelando el tiempo, sintiéndome tan llena, que no fui consciente de que aún no sabíamos qué era. Fue Rocío quien lo dijo, y nos reímos. Recuerdo verle su carita, tan hermosa, tan llena de luz. Recuerdo el olor, mis manos encima de su piel, mis labios temblando… Y supe que era Ryo antes de mirarle entre las piernas. En el segundo en que comprendí que nos reencontramos. Que por fin estábamos juntos de nuevo.

Mi dragón de manos grandes no lloró. Nació con los ojos bien abiertos, cubierto de luz. Acurrucado en mi pecho, casi sonriendo. Abriendo la puerta a lo mejor de mí, renacida, revivida, poderosa. Un 10 de Febrero con luna menguante, con el cielo nublado, preparándose, para iluminar con el sol que vino después, esta nueva vida.

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