cuerpo

El templo en el que habito

En nuestra cultura, nos enseñan que el cuerpo es algo que ocupamos, algo subordinado al cerebro y por supuesto, a la razón. Algo que pocas veces reconocemos,  y en donde apenas nos representamos.
Nos inculcan desde que estamos calentit@s en el útero de nuestras madres, que la enfermedad es el enemigo  y el cuerpo un simple sirviente que enferma sencillamente por ser “imperfecto”, “un momento de fallo de la naturaleza”, necesitando en ocasiones la cura de otr@s y/o medicamentos, ir a especialistas, haciéndonos ver que fuera está la solución al “problema” , que a penas conocemos nada de nuestros cuerpos y mucho menos, que no somos capaces de integrar el mensaje que el dolor o enfermedad trae consigo.

Nos enseñan a mostrarlo y lucirlo, vestirlo, controlarlo, lavarlo, supuestamente a alimentarlo, darle mejor olor,  hacerlo más atractivo y “sexy”, decorarlo… Pero en todo esto nos enseñan también a odiarlo, esclavizarlo y sobretodo a usarlo, sin serlo.
Somos cuerpo, como también somos mente y espíritu. Y ninguna de esas tres cosas que somos (¡y tantas otras!) van independientes las unas de las otras.
Cuando enfermamos nos desvinculamos tanto de esa parte física que somos, que llegamos a vivir varias veces un mismo síntoma en corto periodo de tiempo. Por ejemplo un resfriado, dolor de cabeza, contracturas, ciática, etc.

Incluso se nos enseña a hacer poco caso al cansancio, el hambre, la incomodidad, o la falta de cariño. Nos hacen creer que nuestro cuerpo es el adversario, sobretodo si nos da mensajes que no queremos oír.
Tememos los procesos naturales: (nacer, morir,  vivir…) y creemos que debemos buscar cualquier cura para eso, y dado que el hombre siempre se ha considerado la norma, la mayoría de mujeres viven creyendo que algo está mal en sus cuerpos. No se reconocen en sus hormonas, en sus curvas, en sus olores, en su sangre…

Vivimos tan alejad@s de nuestro cuerpo que lo vejamos y preferimos el cuerpo del/la otr@, o ése que nos pintan tan perfecto en la televisión.

Pero… ¿Qué pasaría si fuéramos dueñ@s de ésa “imagen perfecta”, de ese poder que da el sentir que estás en el “sitio” correcto,  en ese conocer que éso tan bello e imperfecto eres tú, que es el centro más vulnerable de tu ser, y que con él, te manifiestas al mundo desde un templo sagrado, sano, lleno de vida, belleza y energía? ¿Qué sería de este mundo si nos tratáramos con amor cuando nos miramos al espejo, nos vestimos, nos reconocemos en cuerpos llenos de placer compartiéndonos y siendo también en (y con) el cuerpo del/la otr@? ¿Qué sería de nosotr@s si integráramos todo ese poder que da el aceptarnos imperfectos y reconociéramos que todo lo que nos cuenta puede ser válido e importante? Un simple dolor de hombro puede traernos un claro mensaje positivo para el cambio, para un bienestar mejor, a nuestra vida.

Con todo esto no quiero decirte que esté en contra de médic@s, medicamentos o tratamientos. Más bien quiero decir que si cambiáramos la forma que tenemos de proyectarnos en el mundo, sintiéndonos y sabiéndonos en todo lo que somos, seríamos seres más conscientes y posiblemente, más conectiv@s y por ende, más felices.

¿No te parece?
🙂

 

1 comentario en “El templo en el que habito”

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